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POR CUENTA PROPIA

02/02/2007 GMT 1

EL RELATO por Ángel Collado

iapcp @ 15:34
pagina-22-angel-collado.jpgMUKANA 

- Está más viejo y le queda poco pelo, pero es Pereira –aseguraba Kok.

          Mukana había crecido odiando aquel nombre.     

       - Se sienta siempre al fondo, junto al ventanal –continuó el anciano-, pide una cerveza tras otra y no se va hasta que cierran. Parece esperar a alguien que nunca llega.             - Pues ya no tendrá que esperar más –murmuró Mukana y salió.Efectivamente, sentado detrás de una jarra de cerveza, con un pitillo entre los labios y el rostro roturado por los años, se encontraba un hombre blanco. Buscó en sus facciones algo que lo delatara, un estigma que dejara claro que era un criminal, pero a simple vista parecía un anciano normal. Mukana se palpó la cintura para asegurarse de que el cuchillo seguía ahí y, acto seguido, tomó una silla, la arrastró hasta su mesa y se sentó con gesto provocador.  

           - ¿Para qué has vuelto, asesino? –le espetó sin mayor preámbulo. Pereira no se inmutó, como si llevara mucho tiempo esperando aquel encuentro.      

      - No soy un hombre ejemplar, pero tampoco un asesino –dijo finalmente. Mukana sacó un pequeño cocodrilo tallado en caoba del bolsillo y lo depositó sobre la mesa.- Tal vez esto te refresque la memoria. Pereira contempló la talla durante unos segundos y, acto seguido, se llevó la mano al pecho, extrajo el cordón que colgaba de su cuello, desprendió de él un cocodrilo exactamente igual y lo colocó junto al otro. Los ojos del portugués exhalaban una ternura y un desconsuelo que desconcertaron a Mukana. 

           - Se pasaba las horas muertas tallándolos –dijo Pereira y después volvió a mirar al negro-. Yo no lo maté, ¿por qué iba a hacerlo? Gugunhama  y yo éramos buenos amigos. Cazábamos cocodrilos y vendíamos las pieles a un tal Jordan. Fifty-fifty, ya sabes. Jamás discutíamos -calló durante unos segundos, en los que pareció reflexionar-. Aquella tarde habíamos estado bebiendo y nos acercamos al Zambeze para despejarnos, compagina-22-relato.jpgo tantas otras veces…

           –Pereira enmudeció y volvió a mirar a Mukana-. Supongo que has venido a matarme, ¿verdad? Puedes hacerlo, no me pienso defender, pero no creas que vas a matar al asesino de…- Mi abuelo. Era mi abuelo.- ¡Tu abuelo! ¡Entonces debes de ser Mukana! –el negro asintió un tanto desconcertado. Pereira respiró hondo, se pasó el antebrazo por la frente y prosiguió.- Mukana, Mukana, ¡la de veces que te habré tenido en brazos! –un nuevo silencio-. Mira, Mukana, yo no maté a tu abuelo, pero me siento responsable de su muerte. La verdad es que resbalé, sí, resbalé como un tonto y caí al río. Puede que fuera el alcohol, no lo sé. Tu abuelo vio el cocodrilo antes que yo y se lanzó al agua. Fue una estupidez, una soberana estupidez que me salvó la vida y se llevó la suya Encontré el cordón con el cocodrilo de caoba en la orilla.    

         - ¿Entonces por qué huiste? Te vieron escapar selva adentro.    

         - Fue lo único que se me ocurrió. Estaba borracho, asustado, abatido. Tuve miedo. Sí, tuve miedo y nunca he sabido exactamente a qué. El portugués bajó la mirada, pensativo. El desprecio de Mukana por el fantasma de Ernesto Pereira se mantenía intacto, pero al Pereira de carne y hueso no conseguía odiarlo. Los ojos hablan un idioma propio y Mukana había leído en los de aquel anciano que estaba diciendo la verdad. De sobra sabía que no iba a conseguir reunir las fuerzas necesarias para empuñar el cuchillo y también él bajó la mirada. Sobre la mesa, los dos cocodrilos de caoba parecían haber hecho buenas migas y, al contemplarlos, Mukana sintió una calma interior que no recordaba haber sentido nunca antes, como si hubiera hecho definitivamente las paces con sus propios demonios.

Ángel Collado Mateo


 

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